Revista Digital Semanal

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Sector privado en Cuba, notas al margen

Las ciudades cubanas cambian de color con los Bares y Restaurantes (Paladares) que el sector privado de la isla desarrolla.

Redacción En Economía Dec. 12, 2016

Solo hay que mirar. No en balde llama tanto la atención de los turistas y los emigrados que regresan a visitar a su familia. Los bares y restaurantes particulares le cambian el semblante a las principales ciudades de la Isla; le ponen luces, colores, movimiento… y capital. 

Cuando en 2010 el gobierno cubano aprobó una reapertura a los pequeños negocios, el objetivo fundamental de la medida era crear posibilidades de nuevos empleos, y así absorber medio millón de trabajadores que quedarían “disponibles” en el sector estatal. 

Cinco años después, más allá de una mera salida de contingencia, los llamados cuentapropistas representan actores bastante establecidos en el complicado póker económico del país. Sin embargo, no están dadas todas las condiciones para su desarrollo.  

Una primera dificultad tiene que ver con el acceso a las materias primas y aprovisionamiento en general. Salvo para productos del agro, no existe un mercado mayorista para los pequeños emprendedores. Y las consecuencias son harto evidentes: altos precios de la oferta, desabastecimiento en la red de tiendas, repunte del mercado negro. 

Aunque las autoridades han reconocido el problema, la solución se perfila a mediano o largo plazo, pues las compraventas al por mayor requieren desarrollar la industria y la agricultura nacionales, y disponer de recursos financieros que permitan importar más. Las dos cosas llevan tiempo. Por otra parte, el comercio exterior cubano se encuentra centralizado en un grupo de empresas estatales, y los emprendedores no tienen licencias para exportar ni importar. 

De acuerdo con un informe publicado en junio por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 504 mil 613 personas se encuentran afiliadas a los nuevos emprendimientos, el 27 por ciento de la fuerza laboral. El dato esconde diferencias importantes, que inducen un sesgo jurídico y económico: en la misma categoría de trabajadores por cuenta propia se incluyen los conocidos como autónomos (carpinteros, mecánicos, etc.), los empleados contratados y los dueños de negocios. 

Con ello, se les da el mismo tratamiento a figuras evidentemente distintas. Siguiendo un axioma de las ciencias sociales, tratar igual a desiguales genera más desigualdad. Al no reconocer —oficialmente— el grado de complejidad y estructuración de las pequeñas empresas, estas mantienen su condición de personas naturales. 

Eso implica, entre otros factores, que los servicios de electricidad, agua y gas se les cobren sobre tarifas iguales a las de la población. Es decir, un restaurante equipado para 25 comensales, o una fregadora de autos, pagarían, según el consumo, los mismos precios que una familia. 

Tal aparente “facilidad” se compensa de otras maneras. “No es que el impuesto sea demasiado, sino que está mal concebido”, opina Adrián Valdés, propietario de un negocio de diseño. El tema fiscal constituye un punto neurálgico para la mayoría de los emprendedores, y, contrario a Adrián, muchos creen que sí, las contribuciones son muy elevadas. 

Si a lo anterior se suma la escasa cultura tributaria y los problemas para acceder a suministros, el resultado directo es la evasión fiscal. Amén de que en muchas ocasiones no pueda comprobarse, se calcula que el monto de las sub-declaraciones asciende a millones de pesos. No obstante, el sector continúa siendo pequeño, en torno al 6 por ciento de los ingresos tributarios. 

Dentro del trabajo por cuenta propia, las licencias que concentran más personas son la elaboración y venta de alimentos, el transporte de carga y pasajeros, el arrendamiento de viviendas, habitaciones y espacios; y los agente de telecomunicaciones. Excepto los profesores, informáticos, contadores y otros pocos, quedan fuera —en principio— los miles de profesionales formados por el país.

“El tipo de actividades aprobadas para el ‘cuentapropismo’ no se corresponde con el nivel educacional de la fuerza laboral cubana. La inmensa mayoría de las actividades autorizadas se pueden clasificar como primarias, manualidades de bajo valor agregado”, explica Ricardo Torres, profesor e investigador del Centro de Estudios de Economía Cubana.

Como antes había ocurrido con el turismo y las empresas extranjeras radicadas en la Isla, ocurre una migración profesional hacia puestos menos calificados, sobre todo a causa de los mejores pagos. Durante 2014 el salario medio estatal llegó a 584 pesos mensuales (unos 24 dólares), según un informe de la Oficina Nacional de Estadísticas; mientras el sueldo promedio en el sector privado ronda los 1500 pesos cubanos. 

En cambio, también hay “números positivos”. Recientemente, ante la posibilidad de recibir turistas norteamericanos —más los que ya están viniendo, como parte de las 12 categorías de viaje aprobadas por el Departamento de Estado—, se hicieron evidentes las carencias de infraestructura para alojar el aluvión de visitantes. 

Las 18 mil casas autorizadas a rentar habitaciones y los más de mil 500 restaurantes que brindan servicios en estos momentos, devienen la alternativa más inmediata de cara a ese escenario. Una relación ganar-ganar.

Además, las prestaciones de reparación de equipos, catering, impresión, entre otros, resultan potenciales nichos de contratación con entidades estatales. La oferta en sí misma, la mera posibilidad de escoger, va siendo algo. 

Tal vez uno de los principales aprendizajes, al observar el desempeño de los micro-empresarios, radica en que los cubanos pueden ser agentes de su propio desarrollo económico, y no solamente simples beneficiarios. Por su cuenta, y por cuenta de todos.