Revista Digital Semanal

Director: Carlos Javier Rodríguez

Editor: Santiago Masetti

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La victoria del almendrón

En auto antiguo por La Habana

En Sociedad Nov. 12, 2014

La capital cubana luce renovada y colorida como nunca, con viajeros de todo el mundo recorriéndola en voluminosos autos antiguos que andan a los cornetazos con sus carrocerías relucientes. El esplendor del Hotel Nacional y la sensualidad del cabaret Tropicana completan un viaje lúdico por los años ’40 y ’50.

El aeropuerto José Martí de La Habana es vidriado y con su moderna estructura metálica a la vista. Junto con sus colores rojo y blanco, la exuberancia tropical caribeña se cuela en su gran sala de embarque: alegres pajaritos cruzan los aires a vuelo rasante sobre la cabeza de los pasajeros.

A primera vista, desde el taxi, La Habana luce renovada. Muchos de sus vetustos edificios coloniales junto al Malecón están recién revocados y con una buena mano de pintura, renacidos de la ruina luego de casi dos siglos frente al mar. Ahora son hoteles históricos y restaurantes con arquitectura y mobiliario neoclásicos. En otros lugares se ven casas y edificios nuevos para la población, además de negocios de artefactos eléctricos, perfumerías y tiendas de ropa que antes casi no existían en Cuba. Y hay una novedosa proliferación de pequeños negocios de cuentapropistas dedicados a la gastronomía, la venta de artesanías y obras de arte, así como al alojamiento de viajeros en casas particulares.

VIAJE A LA SEMILLA

En Cuba se está dando un curioso fenómeno global ligado al turismo, que rescata lo viejo de la ruina, lo restaura a nuevo y lo congela en el tiempo, impidiéndole envejecer y modernizarse. Parte de la mística viajera en la isla es ese extraño impasse temporal en el que uno se sumerge, resultado del bloqueo económico y de la ausencia de las marcas del capitalismo. Aún quedan muchos edificios descascarados en La Habana Vieja, con la magia auténtica de una majestuosa decadencia. Pero cada vez son más las construcciones renovadas que hoy son hoteles boutique, donde el viaje en el tiempo es perfecto pero con el confort de la modernidad.

Este raro fenómeno donde el tiempo “avanza” hacia atrás, se da también con los autos viejos del que puede ser el parque automotor más antiguo del planeta. Se trata de los mofletudos “almendrones” –en el caso de los autos techados– y de los llamados popularmente “carros americanos”, aquellos que con sumo glamour carecen de techo y deben huir a resguardarse de los chaparrones tropicales.

Hasta hace pocos años era raro encontrar a esos autos con sus carrocerías relucientes, sin los bordes oxidados y con el cuero de los asientos sin ajar. Pero ahora la magia resucitadora del turismo los está rejuveneciendo para convertirlos en taxis de lujo. Y mientras más viejos son, más nuevos parecen.

Por toda Cuba circulan unos 50.000 de esos armatostes con algo de batimóvil que brillan como recién salidos de fábrica, cuando llegaron en barco cruzando el estrecho de la Florida en los años ’40 y ’50. Salir a recorrer La Habana en almendrón se ha convertido en el pasatiempo favorito de los viajeros que juegan a volver al pasado, no en un ambiente escenográfico sino en los escenarios reales de una arquitectura fabulosa opuesta al parque temático, donde todo es réplica de un original.

El principal valor en Cuba es que todo en ella es auténtico y muy real. Y así como La Habana Vieja fue declarada Patrimonio de la Humanidad por su arquitectura colonial, llegará el día en que sus quijotescos autos antiguos –únicos en el mundo– también reciban ese título por su valor histórico, no como piezas de museo sino por ser parte de un fenómeno cultural vivo y en movimiento.

VOLVER A LOS ’50

Un Buick azul marino de los ’50 dobla repentinamente la esquina de Prado y Neptuno y se detiene. Por un instante tengo la sensación de que tres mafiosos con sobretodo y sombrero borsalino bajarán a la carrera para ametrallar a algún traidor de apellido Costello, Luciano o Gambino. Pero La Habana es una ciudad muy segura donde nadie ha sido ametrallado en más de medio siglo. Del almendrón no brotan balas sino un bolero de los ’60 por los Van Van llamado “Marilú”, mientras suben y bajan pasajeros de esos anacrónicos taxis colectivos.

Me paro en el cordón de la vereda, extiendo un brazo y se detiene un Chevrolet del ’52 descapotable color verde claro.

“Suba pol favol”, me dice Ramsés González, un joven mulato que es dueño del auto por cuarta generación dentro de su familia. Enciendo un habano y comenzamos a rodar.

“Este carro lo compló mi bisabuelo catalán y debe costar 40.000 dólares, pero tiene sobre todo un valor sentimental”, agrega Ramsés con su acento popular habanero, cambiando la “r” por la “l” en muchas palabras, como los chinos.

“Ese edificio de enfrente es el Gran Teatro de La Habana, dedicado a la ópera y el ballet, que según Alejo Carpentier es el edificio más ecléctico de La Habana”, comienza mi chofer con su speech turístico, pero lo freno porque la idea es hablar de autos.

“Mi Cheverolet no ha tenido un solo raspón en 60 años”, asegura Ramsés, agregando que en Cuba se respetan mucho las leyes de tránsito. Le pregunto qué pasa si se rompe una pieza: “El cubano ha tenido que aprender a resolvel todo. Si, por ejemplo, se me fractura el punto de apoyo, yo lo saco y se lo llevo a un tornero que busca acero 42, que es el mismo de las cañerías de agua aquí (miden 92 milímetros exactamente). Se corta un pedazo de ese caño viejo y el tornero lo ‘maquina’. Luego lo llevamos al fresador para que haga el molde y un tornero roscador le hace la rosca. Así el puente de apoyo queda como mismito estaba antes”.

Bordeamos la ciudad por el Malecón y Ramsés aprieta el acelerador de su verborragia, despachándose con pasión sobre su querido auto, que mantiene el motor original y es parte del linaje familiar.

“Mira ese carro rojo que pasó ahí: es un Ford Thunderbird de un amigo, hay sólo dos en toda Cuba. El otro está en Santiago y eso es una joya. Es que aquí tenemos desde autos Lada rusos hasta guaguas chinas, y también ‘polaquitos’, que son unos Fiat muy pequeños ensamblados en Polonia..., esto es una mezcla de autos criminal. Tú puedes tener uno de lujo, de los más cotizados, como los Audi A4 y A5, pero si tienes un auto clásico todos te lo quieren cambiar por uno nuevo. ¿Sabes por qué? Nuestros carros americanos tienen porte, prestigio y vista –dice señalándose un ojo–, implantan respeto de sólo verlos. ¿Tú me entiendes? Los americanos en el tiempo de antes fabricaban carros de veldá; los de ahora son pal comercio y duran tres años. Nuestros carros son un orgullo y no los cambiaríamos por dinero alguno. No es tenel por tenel, sino algo que verdaderamente te represente. Y a nosotros nos representa el carro americano: por eso todo el que viene a Cuba se quiere montar en uno”, cierra Ramsés su emocionado monólogo.

HOTEL DE LA MAFIA

Nuestro portentoso Chevrolet del ’52 recorre el elegante boulevard con dos hileras de palmeras que dan entrada al Hotel Nacional, el que elegimos para darle coherencia al viaje. La idea es dormir en el majestuoso símbolo de una Habana que ya en los ’30 era “la ciudad del juego”, los negocios turbios y la prostitución, adonde venían ricos y mafiosos norteamericanos en plan de fin de semana.

Al caminar por el lobby del hotel todo remite al suntuoso escenario de las viejas películas gangsteriles, cuyas escenografías eran copia de lugares como éste, que se terminó de construir en 1930. El edificio es una mezcla de estilos con elementos neoclásicos y neocoloniales junto con toques art déco, sin olvidar jardines interiores con galerías de arcadas andaluzas por donde andan libres los pavos reales. El lobby está revestido con un zócalo de azulejos sevillanos y tiene muebles de estilo inglés, lámparas art nouveau, porcelana francesa de Sèvres y estatuas de mármol de Carrara.

Entre las “páginas de gloria” del Hotel Nacional está lo acontecido el 20 de diciembre de 1946, cuando el recinto fue cerrado a cal y canto para todo aquel que no estuviera invitado a la más grande reunión jamás convocada por la mafia, que se repartió aquí las áreas de influencia en Estados Unidos. Aquellos gangsteres jugaban de locales en la isla, donde manejaban hoteles y casinos. Asistieron quinientos jefes, abogados y guardaespaldas de las familias sicilianas de Nueva York, Chicago y Nueva Orleáns, representadas por Lucky Luciano, Frank Costello y Giuseppe Bonanno. Aquella gran convención no trascendió fuera de Cuba: no “existió”, nadie “supo” de ella y todo indicio fue borrado. Ni siquiera Frank Sinatra, acusado de haber amenizado las noches de jolgorio, aceptó haber ido a La Habana en aquellos días, ni que cantó hasta perder la voz.

Los personajes que pasaron a lo largo de la historia por el Hotel Nacional y su cabaret Parisien –aún en funcionamiento– están retratados en las paredes de la planta baja: María Félix, Walt Disney, Pablo Neruda, Ava Gardner, Johnny Weissmüller (Tarzán), Fred Astaire, Cantinflas, el príncipe Alí Khan con su esposa Rita Hayworth y Ernest Hemingway, de quien se conserva un bello ejemplar de pez aguja regalado al bar Sirena.

CURVAS DE CHOCOLATE

Como Meyer Lansky –o cualquier otro gangster– que después de cerrar un negocio saldría a celebrar al cabaret Tropicana, nosotros hacemos ese mismo recorrido en la noche hasta el barrio de Marianao. Llamamos un taxi y aparece Yoel al mando de un Dodge ’54, quien nos cuenta que su carro tiene “motor de camioncito ruso y frenos de guagüita Toyota”.

Llegamos para cenar bajo las estrellas mientras sobre el escenario del cabaret se interpretan sones y boleros. La leyenda del Tropicana comenzó en 1939, cuando la viuda de un hacendado arrendó una finca al empresario ítalo-brasileño Víctor Correa, quien instaló un “night club” con una revista musical llamada Congo-Pantera, protagonizada por Tania Leskova, integrante del Ballet Ruso de Montecarlo, al igual que el director artístico.

En los ’50 el Tropicana era “el cabaret más famoso del mundo”, donde se presentaban figuras como Carmen Miranda, Pedro Vargas, Nat “King” Cole y Josephine Baker, la célebre Platanitos, que bailaba semidesnuda cubierta por una minifalda de bananas. Entre los cubanos brillaron Rita Montaner, Ignacio “Bola de Nieve” y Omara Portuondo.

Con la llegada de la Revolución, en 1959, el juego y las apuestas del casino se suprimieron y se organizó en el cabaret una academia de baile. Algunos pensaron que el fin del juego sería el fin del Tropicana, pero la magia de las glamorosas superproducciones –similares en concepción a las de Las Vegas y el Lido de París– no hizo más que perfeccionarse.

Durante el show brillan mujeres y hombres que parecen esculpidos en ébano, bailando sobre altares a 15 metros de altura entre la copa de los árboles. Unas ninfas salvajes bajan por las pasarelas aéreas entre la vegetación hasta un escenario circular rodeado por mesas. Una descarga de tambores excita las vibrantes caderas de las diosas con curvas de chocolate, quienes con refinada sensualidad, y sin desnudarse, parecen rozar la silueta invisible de imaginarios amantes, sacudiéndose como endiabladas.

Una orquesta frasea arreglos de vientos a lo big band de jazz y también hay pinceladas de ballet clásico y ritmos afrocubanos. Músicos y cantantes galopan sobre el patrimonio sonoro completo de Cuba, incluyendo números de rumba, danzón, chachachá y trepidantes congas de Carnaval.

Como cierre, un grupo de mulatas de antología –con esa explosiva mezcla de impronta africana y finos rasgos latinos– baja a bailar entre las mesas como en las auténticas “descargas” callejeras de la isla, al ritmo de un mambo.

Al salir del Tropicana vemos una fila de taxis modernos y sin gracia, todos con techo. Así que lo llamamos a Ramsés, que aparece al rato conduciendo con hidalguía su lustroso “carro americano” sin techo. No podíamos irnos de otra forma del Tropicana. Encendemos un Cohiba cada uno, para perdernos bajo la noche habanera disfrutando del frescor del mar en la cara. Nos vamos “a caballo” de uno de esos milagros de la mecánica popular cubana, que contra viento y marea siguen rodando con altiva tozudez, victoriosos e implacables, sobrevivientes de mil batallas.