Revista Digital Semanal

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Médicos cubanos: historias de gente

Detrás de más de 50 años de cooperación en el mundo entero, se guardan historias pequeñas, íntimas, un montón por cada uno de los miles de colaboradores que han prestado servicio fuera de las fronteras nacionales

Flavia Demi Rolando Pujol En Sociedad Feb. 23, 2017

Cuando Juan Carlos tomó aquellas fotos todavía era estudiante de periodismo. Lo enviaron a Venezuela, como parte de un intercambio universitario. De esa experiencia nacieron las imágenes que le servirían como ejercicio de graduación. 

Juan Carlos pasó un tiempo con los doctores de la misión médica cubana, estuvo con ellos de día, de noche, mientras comían, conversaban o reían como cualquiera. Sus fotografías contaban eso: la vida cotidiana, simple, de aquellas personas que ante los ojos de muchos tenían talante de héroes. 

Una doctora que, después de la caminata montaña arriba para llegar a dar consultas, no hacía más que mirarse los zapatos enfangados. Otro que, sentado en una piedra, apoyaba la cabeza entre las manos, con gesto de cansancio, o tristeza, o de estar pensando en sus hijos. Alguien más, solitario, mirando a lo lejos. 

Hubo a quienes no les gustó lo que vieron. Para ellos, las fotos empañaban la imagen de los doctores cubanos, concebidos –según la mentalidad más chata- como luchadores invictos ante las peores circunstancias. 

Detrás de más de 50 años de cooperación de salud en el mundo entero, se guardan historias pequeñas, íntimas, un montón por cada uno de los miles de colaboradores que han prestado servicio fuera de las fronteras nacionales. 

La doctora Carolina Rivera es especialista en pediatría y ofreció consultas durante cuatro años en Venezuela, entre 2010 y 2014. “Se trabaja mucho, todo es muy diferente”, recuerda ella, que además vivió casi todos los procesos eleccionarios ocurridos en ese país y puede explicar con certeza la circunstancia política allí. 

“Es una experiencia que te aporta tanto desde el punto de vista profesional como humano, se aprende mucho. Pasas de todo: momentos buenos, regulares, malos. Se extraña a la familia, se extraña el país, la idiosincrasia... También conoces acerca de las costumbres, la forma de vida de otras personas, las enfermedades que puede haber allá…”. 

Para ella, varios aspectos resultaron impactantes entre los colegas venezolanos. “En un hospital donde estuve vi que los propios médicos maltratan a los pacientes. O tal vez no les daban el diagnóstico, para demorar más la consulta, para cobrar más… A veces pueden ser fríos, pasivos”. 

Aunque los padecimientos son bastante similares, la diferencia fundamental estaba en las condiciones de partida, es decir, la situación que encontraron al llegar a cada lugar. Carolina estuvo en los estados de Valencia, Caracas y Barinas. 

“Los venezolanos no tienen suficiente cultura en materia de salud. Tuvimos que realizar un trabajo educativo: explicar, conversar mucho, y de esa forma lograr prevenir las enfermedades. Porque generalmente atendíamos a una población pobre, que no tenía recursos para comprar medicamentos”. 

“Se trabaja duro, porque en Venezuela no es como aquí, que existe un sistema integral de asistencia, con una estructura ya bien formada; además de la comunidad que nos ayuda. Allá hubo que empezar a crearlo todo: censos, fichas familiares, todo”. 

La pediatría es una disciplina notablemente sensible, propensa a causar alegrías y sufrimientos más intensos. “Vi bastante cáncer, por ejemplo. Había una niña con cáncer de cara, en un estado de abandono, de desinterés, que me pareció muy doloroso. Siempre pensé que se podía salvar, pero yo llegué demasiado tarde a ese caso.

“Vi niños que morían por tener parásitos, y en Cuba nadie se muere por eso. Un día me llevaron a una zona, porque habían fallecido 4 o 5 niños, y no se sabía la causa. Al final descubrimos que ocurrió debido a un parasitismo. Entonces, en momentos como ese, es cuando uno le da verdadero valor a su país, a la salud cubana”. 

Mientras tanto, Carolina seguía extrañando a su hija, tratando de imaginar lo que estaría haciendo en ese preciso instante. “La comunicación con los familiares debería ser mejor. Hay momentos en que representa mucho hablar por teléfono con las personas que quieres; pero eso se dificultaba, por los salarios: una llamada cuesta”. 

Durante el tiempo de la misión muchos se han enamorado, y finalmente se han casado. Se hacen nuevos amigos, y al mismo tiempo la convivencia en condiciones atípicas provoca no pocos desacuerdos. “Los cubanos se unen bastante –afirma la pediatra-, y a veces en esos mismos lugares uno se va creando su propia familia. Eso te ayuda a sobrellevar el trabajo, los problemas, la nostalgia”.

El hecho de prestar servicios en otros países también representa una posibilidad de desarrollo desde el punto de vista material. A partir de contar con sueldos más elevados que en Cuba, la mayoría de los doctores se dedica a ahorrar, para luego emplear sus ingresos en mejorar su casa o comprar determinados bienes. 

Algunas de las experiencias contadas le quitarían el deseo a cualquiera, si tuviera que volver a hacer algo como esto. Sin embargo, Carolina tiene clara cuál sería su actitud: “Nunca me negaría a cumplir misión en cualquier lugar. Siempre digo que nací para ser médico, y donde me necesiten, ahí estoy”.