Revista Digital Semanal

Director: Carlos Javier Rodríguez

Editor: Santiago Masetti

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“Soy el que lleva los pantalones”

Dentro de las múltiples y largas batallas que libra la sociedad cubana, ocupa un lugar relevante, la lucha contra el machismo enmarcada en la campaña por la igualdad de género.

Margarita Pécora Carlos Rodríguez En Sociedad Nov. 27, 2015

La  expresión prepotente que  da inicio a este comentario,  se le atribuye al  “macho” que se impone a la “hembra”, considerada  desde tiempos inmemoriales, el sexo débil que debe obedecer porque  ha sido concebida para  procrear y cuidar de la familia.

 

Pero, los cubanos, valga la aclaración,  no son el mayor  exponente del   machismo en Latinoamérica. Hay países, donde ni en sueños  se atreven a rosar con un pelo el papel dominante del  hombre en la familia.

 

Haber  dado pasos en  el cambio de mentalidad de la población cubana respecto de la necesidad de erradicar el machismo en las relaciones en el seno familiar, tiene mucho que ver con el proceso revolucionario que  otorgó un rol  integrador  a la mujer, y le marcó los caminos para independizarse económicamente, a la vez que abrió un horizonte  nuevo  para compartir  los deberes del hogar,  despojado de  tabúes y estigmas  que siempre  apuntaban a poner en duda la sexualidad  del hombre.

 

Por ejemplo, hombre que lavaba los platos,  cambiaba un pañal, colgaba la ropa  o pasaba una escoba por el piso, era tildado hasta no hace mucho  de homosexual.

 

Esa mentalidad  estereotipada ha ido cambiando,  gracias a  las fuertes  campañas  emprendidas por las organizaciones sociales, en particular la Federación de Mujeres Cubanas, y el papel determinante del Código de la familia, que traza  el fortalecimiento de la familia y de los vínculos de cariño, ayuda y respeto recíprocos entre sus integrantes.

 

Para algunos estudiosos, el  fenómeno tiene  un origen y un impacto cultural. Desde luego que, padre machista,  trasmite a sus hijos las mismas cualidades, por eso la educación  a los hijos se proyecta hoy, ya no solo a erradicar el machismo, sino su contracara que es el feminismo, considerando que debe existir un equilibrio en la pareja,  buscando una  familia culta para un desarrollo sostenible y en crecimiento.

 

La tarea es difícil, pues   tropieza a menudo con  algunos  rezagos  entre  los propios machistas  que se  burlan  de sus congéneres,  cuando éstos  comparten con sus esposas las tareas de la casa.

 

Todavía quedan algunos que llegan al hogar preguntando  con voz de trueno, qué hay de comer  (no, qué vamos a hacer para comer), encima piden que les preparen el baño, se sientan a ver la pelota   tomándose placenteros traguitos de ron, mientras la mujer-pulpo,  que también ha llegado de su trabajo,   se multiplica  fatigosamente,  intentando dejar todo listo en el hogar.

 

Ni qué decir cuando se tropiezan en su vida laboral con una mujer con cargo de Jefa. Entonces  ella sabe que debe atravesar un suplicio para hacer valer su mando, porque le pondrán palos en las ruedas y hasta  difamarán de su  sexualidad para  hacerla retroceder.

 

Está tan arraigado  el fenómeno,  que muchas mujeres de manera inconsciente abonan el machismo imperante en Cuba. A los hijos varones, la madre, por regla,  no  les enseña a lavar o cocinar. Les dicen que los hombres son de la calle. Que jueguen béisbol, tiren piedras y aprendan a fajarse. Cuando ya están para casarse, las madres consentidoras les aconsejan: “ponte duro, hazte respetar, que para eso eres el hombre de la casa…”