Revista Digital Semanal

Director: Carlos Javier Rodríguez

Editor: Santiago Masetti

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Cadáveres oxidados muestran sus restos

A cualquier turista motivado por hechos de envergadura histórica, ir a Santiago de Cuba, le reserva el privilegio de apreciar desde una de sus playas, las huellas del conflicto bélico internacional del 3 de julio de 1898 en la bahía, entre las escuadras española y norteamericana que el mundo conoce bajo el nombre de Batalla naval de Santiago.

Margarita Pécora Camilo Makòn En Turismo Jan. 16, 2016

No hay que sumergirse en las aguas, para apreciar  restos de los pecios  ya oxidados, que participaron en la contienda.

El  cañón de la inofensiva  batería de popa  del otrora acorazado Almirante Oquendo de  la escuadra española derrotada en desigual combate contra la norteamericana muy superior en tonelaje, armamento y blindaje, muestra sus  despojos al transeúnte de la carretera Granma que se extiende a los pies de la Sierra Maestra.

 

La mole de hierro se yergue distante a escasos metros de la playa Nima Nima.  El Oquendo   fue despedazado por  el cañoneo enemigo y ahora  se encuentra  envuelto en un bellísimo sudario de corales.

 

Parece un animal moribundo que hubiera escogido la cómoda arena del fondo, para reposar eternamente, sin embargo, la vida late dentro de él,  por la rica fauna marina compuesta por langostas y manchas de coloridos peces que han elegido como biota al gigante  de hierro, centro del interés de los depredadores que practican la caza indiscriminada atando cabos, más toda suerte de ganchos y trampas a las endebles estructuras del barco.

 

De su original casco, según criterio de Pedro Soberats, buzo santiaguero – ya fallecido-, que estudió y conservó con pasión admirable a la flota, poco queda de este barco, pues  al ser alcanzado por el fuego de la escuadra norteamericana, voló en pedazos cayendo al fondo las pesadas planchas que lo protegían, ahora superpuestas unas sobre otras. No obstante aún se distingue parte de lo que fue el sistema de calderas.

 

Cabe recordar que el 3 de julio de 1898, cuando la flota mandada por el almirante español Pascual Cervera, se disponía a abandonar la bahía santiaguera tras alertar a la Corona de que iba camino de un suicidio, fue cercada por la escuadra  estadounidense al mando del Almirante Sampson, que obligó a salir los barcos de uno en uno  por la estrecha boca de la bahía, lo que  convirtió el enfrentamiento en un holocausto para los españoles que tuvieron que lamentar la muerte de 350 marinos,  mientras que  por la parte estadounidense solo hubo un muerto.

 

Los embates de la Naturaleza en estas costas del Mar Caribe por donde azotan ciclones y desembocan numerosos ríos provenientes de las montañas de la Sierra Maestra, han contribuido al deterioro de las estructuras de los cinco barcos que componían la flota,  unido a la depredación provocada por cazadores furtivos.

 

Con el propósito de rescatar precisamente algunos componentes, hace algunos años presenciamos la extracción de armas del destructor Plutón hundido entre las ensenadas de Rancho Cruz y Buey Cabón. Se trataba de varias decenas de proyectiles de diverso calibre -algunos sin disparar-, un fusil y numerosos objetos que se encontraban diseminados por un área de aproximadamente 2 500 metros cuadrados. Tales evidencias serían mostradas luego al público en un museo del Acuario Baconao.

El Plutón había sido alcanzado por la artillería enemiga y casi destrozado al estrellarse contra la costa apenas sumergido.

 

El barco Cristóbal Colón, hundido en las cercanías de Rio La Mula, frente a la Sierra del Turquino, es  considerado la joya de los pecios por encontrarse en mejor estado de conservación, con su casco íntegro, así como algunos compartimientos que pueden ser buceados con la emoción de quien recorre las oquedades de un cadáver que respira bajo las aguas, por las branquias de los animales marinos.