Revista Digital Semanal

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El Cristo de los cubanos cumple 58 años

Al igual que Rio de Janeiro, los habaneros tienen su Cristo, ubicado en una de las puertas de la ciudad, justo al lado del puerto y frente a la parte colonial de la ciudad.

Redacción Carlos Rodríguez/ COH En Turismo Jan. 3, 2017

Este Cristo se esculpió en Roma y fue bendecido por el Papa. Su cara muestra rasgos latinos, criollos, porque su escultura, la cubana Gilma Madera, quería que fuese parecido a los hombres que habitan la Isla. 

Una curiosa promesa promovió la creación y emplazamiento del Cristo. Luego del asalto al Palacio Presidencial, el 13 de marzo de 1957, para ajusticiar al dictador Fulgencio Batista, la primera dama, en un acto de desesperación, prometió erigir una imagen de Cristo que pudiera ser divisada desde cualquier rincón de la ciudad, si su esposo escapaba con vida. 

Con su vista privilegiada, el Cristo de La Habana resulta un sitio ideal para tomar fotos de la villa, además de lugar de peregrinaje. La estatua fue develada el 25 de diciembre de 1958, siete días antes del triunfo de La Revolución Cubana. 

Constituye una pieza emblemática de la capital cubana, y una especie de guía para los marinos. Al margen de leyendas y mitos, el sitio es un lugar ciertamente sagrado, pero su mayor importancia está en una vista maravillosa y especial, que ofrece una panorámica la urbe habanera. 

Está edificado en mármol de Carrara (provincia de Toscana, Italia), que por su color blanco contrasta con las grises piedras de un entorno antiguo, como lo son las fortalezas de los Tres Reyes del Morro, San Salvador de la Punta, la Real Fuerza y San Carlos de la Cabañas.

Con una altura de 20 metros sobre la base de tres, pesa 320 toneladas y está compuesto por 67 piezas. Durante el montaje, la escultora fue ayudada por un equipo de 20 marmolistas. 

Cada fragmento fue atado con tensores de acero a la estructura central. Si tomamos en cuenta la explanada sobre la colina donde se ubica, su altura es de 51 metros sobre el nivel del mar.

El poblado de Casablanca, donde está la estatua, fue en su tiempo un pueblo de pescadores, y ayuda con su quietud a completar la imagen de esa gigantesca estatua, de interés para religiosos de paso y para turistas de todas partes del mundo.